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Omar Viola

 
 

 

 

 

 

 

Omar Viola

OMAR VIOLA

UN CREADOR PERMANENTE

En San Telmo y sus alrededores Nº 10

Febrero 1998

Omar Viola es un artista integral. Desde el teatro, el mimo, el cine, distintos géneros musicales y ahora el tango es, tal vez, la expresión más genuina de la vanguardia que, atrincherada en el ya mítico Prakultural de nuestro San Telmo, dejó en claro que la cultura y el arte habían sobrevivido a la dictadura y todas las formas de intolerancia para mostrar que crear sigue, pese a todo, siendo posible.

¿Qué fue lo que te atrajo del mimo?

- Me interesó acercarme viendo unas propuestas. Una vez vi unos trabajos de mimo que estaba haciendo Elizondo en el Borda con pacientes. Era una cosa dramática que me atrajo, era distinto al teatro convencional. Nunca me interesó lo de Marceau que era muy de estilo tipo. Mis amigos me alentaban para que haga algo de mimo. Estaba medio distanciado de la palabra porque la veía opaca, estaba enojado con ese lenguaje. El mimo me vino justo, encontré una expresión directa que podía ser en la calle, en la esquina, en el momento ¡Así, ya! Con mi cuerpo, sin necesidad de nada, porque eso es lo que tiene el mimo y en esa etapa sació mi sed expresiva. Justo después empezó la dictadura. Me proyecté como profesor de mimo, fundé la escuela de mimos para niños, me puse a hacer un trabajo de investigación y eso me contuvo casi diez años, a partir del ’75.

Llegamos a tener en la escuela casi 300 alumnos. Era para niños y adolescentes y pudimos trabajar, desarrollar e investigar mucho. Por eso continué con ese conocimiento, es parte de mi pensamiento. Todo el mundo imita a Marcel Marceau. Parecería que es muy limitado, que se queda en los artificios de evocar que hay paredes, que hay objetos y nada más. Nosotros necesitábamos investigar como para sacar una expresión más potente, más genuina, que el alma pudiera hablar a través del lenguaje. El cuerpo es un instrumento y produce un lenguaje bastante difícil de aceptar. Nos encontramos con nuestros propios límites, con nuestras propias barreras, la gente se aferra a pequeñas cositas, le da mucho miedo meterse profundamente

¿Cómo actuaron durante la represión?

-Durante todo el Proceso hicimos una o dos obras por año. Dos fueron censuradas. Justamente la dificultad exterior, por no haber tantas oportunidades y casi sin oportunidades de circular debido a la represión, nos manteníamos juntos, ensayábamos. La aridez y la violencia externas nos mantenían unidos y produciendo. La cercanía permitía experimentar. Ese conocerse, desarrollar, investigar juntos y trabajar, llegó a dar una expresión interesante, las obras eran muy buenas porque había propuestas. Desde el ’75 hasta el ’83 viví de eso, de dar clases en la escuela de mimo de Elizondo. Luego me separé de la compañía, estuve un tiempo en Cemento y después monté el Parakultural.

¿Cómo nació el Parakultural?

- Estaba buscando lugar para ensayar. No conseguía nada, me sentía como un gangster dando vueltas y vueltas hasta que me ofrecieron el espacio. En ese lugar, el antiguo Teatro La Cortada, que conocía y siempre me gustó, me parecía maravilloso, es donde se hizo el Parakultural. Estaba inundado, había medio metro de agua. Tuvimos que desagotarlo. Nadie pensaba que se podía abrir en ese momento pero lo abrimos igual. Estaba en escombros. El mecanismo de trabajo que se dio con el Parakultural respondía a mi estado de ese momento y tenía un lenguaje muy característico de esa época. Hablaba de hallar el beneficio en la no existencia de medios. Cómo la no existencia puede transformarse en existencia. Esa falta de confort estaba a favor y no en contra de lo que se quería decir. Empezamos a hacer un planteo espacial no tan convencional. Desde el punto de vista teatral, el lugar era muy frontal. Había un espacio vedado al público y uno grande para los actores. Hubo un momento en que necesitamos que la gente se inscribiera.

¿Ahí empieza a funcionar el Parakultural?

-Todavía no. La idea era dar clases y ensayar. Para que se inscribieran, hicimos un programa de actividades, pasábamos películas, actuábamos e invitábamos a gente para que actuara. En marzo del '86 hicimos una fiesta, una velada teatral y cultural. Ahí se planteó que se compartiera todo el espacio entre los espectadores y los actores.

No había escenario, todo podía serlo y todos podían hacer cosas para el público. Eso fue un gran cambio. Antes el público se sentaba, veía el espectáculo y se iba. Ahora, además de venir a ver un espectáculo, encontrarse en un ámbito, poder permanecer en un lugar y compartir las motivaciones, era un lugar para charlar, profundizar vínculos, hablar de proyectos y escuchar buena música.

La gente iba muchas veces al Parakultural sin saber qué iba a ver, pero sabiendo que algo iba a pasar. También iba a encontrarse. En la primer fiesta, donde actuaron Oscar Ramírez, las Gambas al Ajillo, que recién comenzaban, Gabin y yo, pasamos la película 1789 que tenía un planteo espacial muy dinámico, renovador y múltiple. Muchos nos pidieron otra fiesta. La hicimos al sábado siguiente y el público se multiplicó. No sólo eso sino que vino gente con cosas para hacer.

Se había cumplido algo que para mí es fundamental de un hecho artístico: que sea motivador, tanto para el que lo hace como para el que lo recibe. Que motive para vivir, que motive para la vida plena, que motive para la creación, que motive para la vida. A partir de ahí abrimos todos los sábados. Vinieron los Redonditos de Ricota, directores, actores, plásticos, todo el mundo quería hacer algo ahí. Había pasado algo interesante: la gente lo había tomado como un espacio propio, un espacio genuino de expresión y de encuentro. Con tal intensidad se desarrolló esto, que desplazó a las clases. Era tan intensa la actividad de programación y de dar rumbo a todas las propuestas, que no pudimos seguirlas, porque con los ensayos el espacio ya no daba.

¿Cómo surgió el nombre del Parakultural?

-Un día estábamos haciendo un diseño del volante. Esa perfomance era un poco multimedia -cine, teatro, pinturas-. Parecía una especie de Centro Cultural. No era un teatro exactamente, ni un lugar de recitales, ni de clases, sino un espacio donde podían ocurrir múltiples eventos.

Estábamos viendo qué nombre ponerle al antiguo teatro de la Cortada. Al diseñador se le ocurrió la K, que fue bastante definitorio. Cuando los punks vieron la K acudieron masivamente y eso le dio un color al lugar. El nuestro era un lugar muy bohemio, no había una gran inversión, sí un compromiso muy grande con lo que hacíamos. Un deseo de investigación, de dar cosas realmente movilizadoras. Eso era una característica de todos los que programábamos. Empezaban a aparecer directores como Máximo Salas, Ricardo Foster, Helena Tritek, Emeterio Cerro. Gente de teatro que mandaba al Parakultural a los alumnos que tenían propuestas extrañas.

Pasó a ser un receptáculo de todas las cosas que tenían un carácter experimental, de investigación, una característica inherente a la actividad artística. La gente que venía y todas las propuestas iban más allá de lo comercial, surgían por una necesidad fuerte de hacerlo. No concibo a la actividad artística si no es investigación. El primer espectáculo que dirijí fue en el Centro Dramático Buenos Aires -ahora me doy cuenta que este diario es En San Telmo y sus Alrededores y todo esto que estoy describiendo pasó en San Telmo-. En la cortada San Lorenzo estaba el Centro Dramático Buenos Aires. Había un grupo de teatro experimental que se llamaba la Comuna Baires. Estrené mi primer espectáculo, Mishiadura, por el ’78, ’79 y ya en ese espectáculo empecé a tomar contacto con el tango y a estudiarlo.

Me interesaba más el concepto del tango que la danza, pero en un ensayo me encontré improvisando con una actriz y, empezando a dialogar corporalmente con ella, le dije: "me parece que empezamos a inventar algo así como el tango". Ahí comencé a interesarme por el tema de ver qué le está diciendo el tango a la danza.

En el ’88 empecé a ir a las milongas y ví una forma de danza basada en el sentimiento, en el éxtasis, en el abrazo, en la fascinación, que es lo que me atrajo. Esto me interesaba, lo otro, que veía por la tele, con mucho exhibicionismo, con mucho despatarro, muy for export, no. Luego empecé a encontrar la teatralidad de la milonga y me sumergí. En mi proyecto no hay una representación de la milonga, es de ella misma de la cual emergen lo dramático y las expresiones que tienen que ver con lo que se está trabajando: la expresión plástica, la expresión literaria, musical, que aparece de este gran dínamo que es la milonga.

¿Cuál sería la diferencia entre el tango for export y el otro?

- No es una actitud con respecto al tango, es una actitud con respecto a la vida. Las convenciones se ven en el tango y también en lo artístico. Quizás hay zonas en que uno las tolera menos. Si voy a una escribanía van a abundar las convenciones y no me voy a quejar. Pero si se dan en el terreno de lo expresivo, de lo estético, como ensayo de la vida, se convierten en límites, en un techo muy desagradable. Si lo estético está atado a tantas convenciones, presiones y demás, cuando uno compone algo por supuesto se limita mucho más y termina siendo casi un extremo, lo publicitario que tiene que vender o vender, porque para eso está hecho.

Quiero que el espectador no se aburra, que se movilice, que le llegue y agrade lo que transmito. Entonces para mí la diferencia no es en el tango, es en todo. No me gusta cuando se hace una cosa más pendiente del marketing que de la necesidad de expresar, de comunicar algo. Generalmente el exceso de convenciones mutila la creación.

Uno crea o inventa a partir de la impresión que recibe del entorno, de la vida. Uno compra el pan como cualquiera, respira como cualquiera, paga las cuentas como cualquiera, camina la calle como cualquiera y decide expresar algo respondiendo a su intuición creadora. ¡Bueno, adelante! Cuánto más sea así mejor.

¿Qué pasó después del primer Parakultural?

- Hubo un momento en que no fuimos a ningún lado. Preferí no tomar ningún lugar sino trabajar en otros lados que me parecían óptimos, como El Galpón del Sur. Ahí hicimos dos encuentros. Los llamamos citas Parakultural y hubo muy buenas respuestas. En la primera hubo como mil personas, pero para mi gusto eran eventos demasiado multitudinarios. No me sentía cómodo con tanta gente, no se podía trabajar como queríamos, nos superó. Todo el mundo quería actuar, duraba mucho.

Empezábamos a las nueve o diez de la noche y terminábamos a las ocho de la mañana. Entonces conseguí un lugar en la calle Chacabuco que había sido el Centro Cultural Scalabrini Ortiz, donde pasaban buena música latinoamericana. Ahí tocaban músicos como Dino Saluzzi, Horacio Fontova o Sixto Palavecino. Sin embargo tuve problemas con los vecinos y con el hotel de enfrente. Hasta recibí amenazas. Sabemos que hay en nuestro país una cultura de la violencia, sino no estarían sueltos todos los de la ESMA.

Le pusimos Parakultural New Order jugando con la idea de nuevas fronteras, nuevos límites. Luego volvieron las presiones. No nos dejaban trabajar, había una persecución, nos mandaban inspectores todo el tiempo y nos clausuraban. Para algunos éramos el monstruo, los que traíamos el desastre al barrio, el mal, y todo por una cultura enferma que no quiere convivir con las manifestaciones artísticas y las margina.

Me acuerdo que en aquel momento circulaba la idea siniestra de hacer un espacio por el lado del río donde estuviera todo lo joven. Esta idea, de haberse concretado, hubiera fomentado la incomunicación, la separación, la alienación total.

¿El Parakultural puede retomar sus anteriores características?

-Estoy en un proyecto, trabajando a partir de una manifestación popular que es la milonga, que es el encuentro de la gente para danzar. En la milonga se danza el tango, que tiene mucho dramatismo en su interpretación, tiene la posibilidad de improvisación. Se genera un ambiente muy rico con una energía muy diáfana, con mucha fuerza, ahí circula mucha vida. Es muy motivador y ahí hay mucho para hacer alrededor de eso. Es más, de ir a las milongas pasé a convocarlas y a producir un espacio que está inscripto en el circuito. Para los cultores del género es un clásico, sirve también como lugar de encuentro y de gestación de muchos grupos nuevos de música, de coreografías.

Me estoy encontrando con lo dramático, cada vez hay más gente con propuestas teatrales relacionadas con el tema. En este momento hablo de otra cosa, si bien de alguna manera es a grandes rasgos lo mismo. Se me ocurren cosas que no sé si son ideas. Son como intenciones, corazonadas, intuiciones. En el fin de siglo apuesto a la danza, al movimiento, a girar y moverme por el placer del movimiento en sí.

 

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