
En
San Telmo y sus alrededores Nº 67
Mayo
2004
A
muy corta edad tomó contacto con la música y no lo perdió
desde entonces. Piero, Pedro y Pablo, Los Redonditos de Ricota, Afrocandombe,
son algunos de los grupos y solistas que contaron a este guitarrista
del sur en sus filas. Hoy Pedro Conde (42), vecino del parque Lezama,
alterna sus conciertos matinales en la línea C del subte con
la composición y la reflexión intimista. Cuando se cumplieron
veintidós años de la rendición en Puerto Argentino
estuvimos charlando, mezclando pasado y presente de alguien comprometido
con la realidad de su tiempo.
-¿De que manera llegaste a la música?
-Empecé a tocar la guitarra sobre un escenario a los cinco años
y he tocado durante toda mi vida. Recuerdo el primer día en que
un maestro uruguayo llegó a mi casa y me hizo poner los primeros
tonos, allá por 1968.
-¿Cómo
se llamaba el maestro?.
-Manuel Picón. El estaba viviendo aquí en Argentina dando
clases de guitarra. Mi abuela leyó los clasificados del diario,
llamó a un profesor y vino él. Tuvo un grupo que se llamó
Sanampay. Posteriormente, conociendo a (Manuel) Capella
me entero de la historia y escuché un disco de mi maestro que
me enseñó todo sobre la viola. Por eso cuando hice todo
el viaje uruguayo sentía que tenía un sentido
porque este tipo a mi me marcó para toda la vida.
-¿
Y al rock como arribaste? ¿Había alguien que te voló
la cabeza: tema, compositor, intérprete?
-El
rock me tocó por sorteo generacional, porque iba a un liceo militar
en la época de la dictadura y veía una realidad muy parcializada.
Si la sociedad no sabía que existían los desaparecidos,
nosotros menos. De haberlo sabido, hubiera tenido otro sentido incluso.
Crecí sometido a un lavaje fuerte en la misma escuela donde fue
Charly (García), el Dámaso Centeno. La letra de la canción
Aprendizaje explica perfectamente a qué fui sometido,
la peluquería mental que me metieron.
Cuando salgo del Dámaso ya con mucha información del rock
inglés (lo que los adolescentes consumíamos en esa época),
me encuentro con que subterráneamente había todo un movimiento
sumamente interesante, que no había en la superficie. Trabajaba
en Prefectura, estudiaba abogacía y de golpe sentí que
la corbata me estaba asfixiando. Con 18 años, desesperado, me
encuentro con la vieja gente del Expreso que armó
Pan caliente. Me colé ahí inmediatamente y
trabajé con ellos como periodista hasta que un día me
escucharon, me presentaron con gente de las producciones y empecé
a tocar con Piero, Pedro y Pablo, me pusieron en B. A. Rock . Todo fue
en una sucesión de seis u ocho meses y ya estaba grabando mi
primer disco con 20 años. No entendía nada. Creía
que tenía la oportunidad de cambiar al mundo con lo que venía
cantando, porque la motivación no fue subirme a un escenario
sino hablar desde mi generación teniendo la posibilidad de seguir
vivo.
A los nacidos en 1961 y 1962 nos convoca Malvinas. Si para todos los
que vinieron antes y cayeron con las desapariciones es una piedra dura,
lo de Malvinas es imposible de tragar. Entiendo lo de la reconciliación
y un montón de cosas, pero a mi no me va. Estos desgraciados
están ahí sueltos y no está bien.
-¿Cuando
empezaste a componer?
-Empecé a partir de que lo de Malvinas nos convocó a la
guerra pero no a la opinión, y ya venía componiendo desde
los 19. Cuando pasó lo de Malvinas yo era de la clase que debería
haber estado y por número bajo me salvé de estar en el
medio del tuco. Desde acá tenía que decir
lo que pensaba y eso era absolutamente distinto a lo que se estaba vendiendo.
Como miembro de una generación sentía que nos estaban
masacrando, que éramos la segunda rebanada del sándwich
que se estaba comiendo la dictadura, y eso da bronca. Ahí empecé
a escribir temas al respecto. Trabajaba entonces en la revista Pan
Caliente, la gente del rock me escuchó , me presentaron
al gordo Pierre y así empecé a tocar inmediatamente y
a cosechar muchísimo reconocimiento pero a la vez a pelearme
(ese era todavía un mundo de producciones) con todos los productores
con que me encontraba. Debuté un 2 de mayo en Rosario en la Fundación
Astengo con Piero, abriendo su show y pidiendo lo mismo que pedía
en cada recital: manden pasajes de vuelta.
-¿De
esa época es la Milonga de Plaza de Mayo?
-Si. El 14 de junio se cumplen veintidós años de la composición.
El día de la rendición fui a cubrir con Alberto Silva
(otro periodista de Pan Caliente) lo de Plaza de Mayo y
nos cagaron a balazos de goma. Cuando volvimos a la redacción
inmediatamente hice la milonga.
-La
filosofía de ese tema parece que hubiera sido hecha para diciembre
de 2001...
-En diciembre de 2001 estaba viendo las cosas desde otro lugar generacional,
pero me retrotraigo y sí, la bronca era la misma. Canalizada
de otra manera, éramos otro pueblo (en 1982) teníamos
otra inocencia. En el 2001 compuse otro disco que se llama En
el barrio de la Boca, que lo grabé solo, independiente,
está hecho con guitarra y voz, canción pelada,
texto y metralla, referido en todo a Realidades, aquel primer
disco. Para ese diciembre habría algún material del último
disco que me parece cuadra más con la situación. Así
y todo ese trabajo lo hice con un pensamiento intimista. En el `82 exploté
cantando esas cosas, pero en el estalliod del 2001 sentí que
en el mismo momento que se podía decir políticos
hijos de puta, debía decir lo que me estaba pasando por
adentro. Milonga de Plaza de Mayo se puede trasladar en
cuanto a la bronca, pero en cuanto a la evolución artística
tengo temas que se refieren específicamente a una sensación
del 2001, en donde ya no éramos generación (perdónenme
los que crean en eso), estábamos absolutamente aislados.
-En
un mundo de etiquetas, ¿sería el under lo
que hiciste? ¿Por fuera, o era parte de un movimiento?
-Ni under, por fuera, subsubcutáneo. En ese momento
no había integración. Salía a actuar con Enrique
Syms y se terminaba destruyendo el lugar, porque la gente subía
a pedir mantas y chocolate para los chicos y nosotros copábamos
el escenario y gritábamos manden pasajes de vuelta, hijos
de puta, esto es una masacre, y se armaba un tole tole,
venía la cana. Pero era lo que había que decir. Dentro
de lo subterráneo (que también adhirió) porque
en ese momento la adhesión era total. Ibamos con Pettinatto (Roberto)
y con el gordo Pierre a comer al mediodía los domingos, pasábamos
por Plaza de Mayo donde los milicos tenían una claque de nacionalistas,
a putearlos en inglés.
-¿Cómo
hiciste para ir de ahí al candombe?
-Renegando de cada uno de los espacios donde veía que las cosas
terminaban virando para el lado comercial. Vamos a poner un kiosko heavy
pero después no te comas los chocolatines, algo así. No
se podía integrar proyectos, ni movidas, ni movimientos. Había
(y hay y habrá) por todos lados siempre, pero no creo que haya
habido algo que haya movilizado tanto. Entonces, ¿qué
hacés? Te bajás del tren y te tomás otro que te
lleve a alguna parte. Desde el candombe me subí y me bajé
de una docena de trenes, distintos ritmos: toqué con el vasco
Mezo, con La Barraca, armé proyectos, trabajé independientemente
y a beneficio durante años porque me parecía que era una
alternativa copada para que uno sirva para algo. Son ideales,
después te vas dando cuenta que te subís a esos bondis
para no realizar las cosas. Me salté al candombe porque si todos
fueron bondis y trenes, el candombe fue un barco, porque
me encontré con un montón de gente que también
venía buscando. El resultado es Suena el río,
el disco de Afrocandombe, que fue hecho en las condiciones más
paupérrimas de sus integrantes.
-Es
una de las mejores piezas de fusión que se conocen...
-Cuando entramos (al estudio) sabíamos que queríamos hacer
eso, porque ya lo veníamos experimentando desde hacía
años tocándolo. Tuvimos la fortuna de hacer como las viejas
orquestas: tocamos un disco que antes lo habíamos reventado
en vivo, que habíamos probado sus posibilidades. No necesitamos
los recursos técnicos para poder plasmar la potencia que tenía.
Rompés el hielo cuando el estudio es un instrumento más
de la historia. Eso se logró porque la banda estaba justa, madura,
muy trabajada, elaborada, integrada humanamente, con mucho desgaste
porque llegamos a tener que pagar por tocar, lo que te pone los pelos
de punta, pero logramos hacer ese golcito sin un peso. No lo veo como
un producto artístico solamente, sino que es un producto antropológico.
-¿Y
hoy por donde andas?
-Ando en el subte, soy un músico subterráneo. Toco todos
días en un horario oficinístico, de 8 a 14 hs. o más,
si puedo y me da el lomo. Encontré la paz, porque toco solo en
el rincón de estación San Martín. Enamoré
a una parte de la gente que pasa, a la que puedo llamar mi público
y que son los clientes fijos que me dan la moneda que me posibilita
seguir teniendo ganas de levantarme e ir a tocar. Y por otro lado estoy
tocando ocho horas por día, metiéndome con músicas
que jamás creí que iba a poder tocar y que ahora me salen,
desarrollándome como guitarrista porque no canto.