Ctro. Cultural F. Lacámera

CENTRO CULTURAL FORTUNATO  LACAMERA

TALLER LITERARIO

En San Telmo y sus alrededores Nº 24

Septiembre 1999

Todos los lunes, de 18.30 a 20.30, nos reunimos en San Juan 353 para leer lo que escribimos, y lo que escriben los otros. Lo leemos y lo criticamos, lo trabajamos, lo disfrutamos, a veces, incluso, lo publicamos. Juntos damos forma al Taller Literario del Centro Fortunato Lacámera de San Telmo.

En los encuentros no sólo participan los que escriben, también están los que disfrutan escuchando los sonidos de un texto, aportando en una lectura que vaya un poco más allá de la superficie, hurgando en los juegos que plantean las palabras. Ahí estamos, todos los lunes.

Pero ahora -para compartir algo de nuestro trabajo- vaya un texto de uno de los integrantes del Taller.

Prof. Carlos Bianchi

 HOMBRECITOS
El humo del café se eleva interponiéndose a la imagen borrosa del vidrio. Saco del bolsillo cuatro hombrecitos, los arrojo dentro de la taza, los revuelvo y lo pruebo.

Busco la lapicera para escribir algunas ideas de media tarde. Concentrado me pongo melancólico, clavo los codos en la mesa y me apoyo en las manos, entonces siento que una niña cae de mis ojos.

Vuelvo sobre la realidad y observo que el aire se destiñe.

La lapicera se ha quedado sin tinta, revuelvo en el bolsillo y escojo uno, lo retuerzo y dejo que su sangre cargue mi lapicera; era noble pues su sangre era azul, sonrío y tiro los restos en el cenicero junto a los zapatitos chamuscados del hombrecito que acabo de fumar.

Intempestivamente eructo y un gusto a cadáver de mala gana me recuerda cuanta desconfianza le tuve a aquel bocadillo, no me gustó, parecía de luto. Comienzo a sentirme mareado como si la mesa y la gente hicieran una danza indígena, cuando me estoy incorporando una avalancha sobreviene sobre mi boca y mi estómago es una revolución. Inmediatamente desparramo en la mesa pedazos de hombrecitos. Entre la multitud la distingo, me sobrepongo a la circunstancia y la tomo entre mis dos dedos por la cintura, es ella, la dama negra; no debía devorármela entera, ahora la maldita tiene esa irónica sonrisa dibujada, la arrojo al piso y la aplasto retorciéndola bajo el zapato de un lado al otro, siento un leve gemido y digo -riéte ahora.

Me siento tan descompuesto que al sacar del bolsillo algunos hombrecitos siento náuseas, me sacudo como si un terremoto corriera en forma de aire y trago con dificultad. Escojo un par de mujeres blancas y diluidas, les quito las sombras, las mezclo en un vaso de agua y las digiero.

De pronto siento que cinco enormes bloques me toman por entre las costuras, me enrollan en un papel gigantesco con cientos de hombres y lentamente comienzo a quemarme.

Marcos

 

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