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BAR
BRITANICO
UN
REMANSO DE ARTISTAS BOHEMIOS Y AMIGOS
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En
San Telmo y sus alrededores Nº 23
Julio
1999
Desde la ventana
se ve pasar a hombres enloquecidos bajo un ritmo supersónico, que viajan
desesperados por las calles de Brasil y Defensa en busca de algún negocio,
trabajo, amor o simplemente un recuerdo. Es necesario cruzar el umbral,
deslizarse por las puertas añejas del bar, para que el 2 x 4 nostálgico
y seductor revolotee por las cabezas de aquellos que en ese instante,
dejan detrás su anonimato para atornillarse al Británico y descansar
en familia.
El bar mantiene
un estilo propio, lejano, en una construcción de principios de siglo
XX y que permanece en el presente como una burbuja que resiste al paso
del tiempo. Sin embargo no se conoce en detalle su origen, "ni
los dueños saben como comenzó todo" comenta Carlos, empleado del
Británico desde hace más de 17 años, y continúa diciendo: "tenemos
de referencia lo que la gente como cliente nos cuenta".
Se dice que fue
allá por la década del 20, que en ese mismo edificio funcionaba una
pulpería con el nombre de "La Cosechera". Ésta fue punto de
reunión y encuentro de excombatientes Ingleses de la primera guerra
mundial, alojados en la vieja casona de la avenida Garay, lo que hoy
se conoce como el Hotel Savalía. El barrio por aquella época también
contaba con "el conventillo de los ingleses", así se le decía
a la construcción que se levantó por aquellos años en Bolívar y Caseros
para albergar a los directivos de los Ferrocarriles del Sur, compañía
del Reino Unido.
Es por ello y
gracias a la creatividad de su antiguo dueño, que la vieja Cosechera
se pasó a llamar Bar Británico.
Su ubicación
es casi estratégica, está rodeado de periódicos como Clarín, Crónica,
Página 12, y además, se ve poblado de atelieres que hacen del lugar
un encuentro de pintores, músicos, periodistas y escritores como Ernesto
Sábato, que encontró parte de su inspiración de la novela "Sobre
Héroes y Tumbas" sentado en la intimidad del reservado, ese rinconcito
que divide al bar en dos, pero sin hacer distinción de clientes. Viejos
habitués supieron ser los hermanos Américo, jugadores de San Telmo,
o Adolfo Pedernera y Don Abel Ferreira de Boca Juniors. Hoy son frecuentes
las visitas de artistas plásticos de gran peso como Norberto Gómez,
Felipe Noé, o también músicos de la talla de Jorge Pinchevsky, que encuentran
en el bar su remanso.
Los dueños actuales,
Miñones, Manolo y José, tres mozos provenientes de Galicia; tomaron
el bar allá por los años ´60 y mantuvieron su estructura básica sin
hacer ninguna reforma. Ello hace que al entrar se perciba esa "magia
de lo antiguo" dice Carlos coincidiendo con Pascual Baldeverde,
reportero gráfico, que con un licor en la mesa, asegura que es "uno
de los pocos lugares, sino el único, que se mantiene abierto las 24
horas" y agrega: "vos podés venir en cualquier momento y por
más que estés solo te podes encontrar con un amigo o charlar con el
mozo, tomar una ginebra , un café, un vino y pasar un momento grato.
Eso en otros lugares ya se perdió". Su compañero Cacho Velardochio,
también reportero gráfico asiente con la cabeza y tira su frase: "Son
como pedacitos del Buenos Aires viejo que van quedando", permanece
unos segundos en silencio y continúa: "Mirá, hace 20 años que no
venía por acá y está igual. Es un pedacito viejo pero también tuyo."
A lo largo del
tiempo, el Británico se convirtió en un eterno testigo de las cambiantes
épocas y modas de los argentinos. En los ´60 se vistió de fiesta y no
desentonaba para nada con la gran movida cultural. En sus mesas cobijaba
a estudiantes de la Facultad de Bellas Artes (ubicada por aquellos años
en la calle Brasil e Ingeniero Huergo). Fueron los chicos, que apasionados
en las exposiciones y eventos culturales, agradecieron el permiso de
los dueños y crearon el primer panel literario del barrio. Pero no todo
fue bellas artes, en la década del ´80 el bar chocó con la tristeza
del nacionalismo hueco de la Guerra de Malvinas en el momento que "alguien"
rompió la vidriera de un piedrazo. Los propietarios del bar que no querían
involucrarse en peleas nacionalistas cambiaron el nombre. Para sorpresa
de todos lo rebautizaron como "Tánico" con las mismas letras
y logo pero sin el "Bri". Pasaron los meses, la guerra, los
años y el "Tánico" aun se mantenía, "hasta que un buen
día" recuerda Carlos, "nos encontramos con la visita de un
turista griego que preguntó el por qué del cambio de nombre. Se le dio
una respuesta que no comprendió y luego nos comunicó que en su lengua
esa palabra significa muerte. Enseguida se llamó al letrista y se dibujó
el Bri faltante".
Hoy aquel suceso
se rememora con una sonrisa, una anécdota más entre tantas de un bar
histórico como el Británico en el que, a pesar del paso del tiempo,
la canción sigue siendo la misma: Manolo transita el salón con una "Valle
Viejo" en su bandeja, detrás de él, Carlos "le baldea las
patas al escabio". En sus mesas se encuentran los viejos amigos,
músicos, escritores, estudiantes de periodismo, historia, psicología,
todos comparten un momento; una eternidad. En el reservado una chica
escribe y mira por la ventana, cerca de ella una pareja se besa y, del
otro lado de la vitrina, bajo el panel cultural, se encuentra la mesa
de ajedrez atestada por fanáticos que se pierden en su juego. Y todo
transcurre con calma en un ambiente característico del bar tradicional
porteño.
Patricio
Escobar