En
todos estos años hemos logrado muchas victorias. Que a un torturador
no se lo llame ex policía, que a un gobierno de facto se le
diga dictadura y que hoy en el Club Atlético se pueda excavar,
es parte de estas victorias. Todo es producto de la lucha y la resistencia,
comenta Carlos Pisoni, quien participa en la agrupación H.I.J.O.S.
y sus padres son desaparecidos que estuvieron detenidos en el Club
Atlético.
Con
la excavación se le gana a aquellos que tienen dudas y a toda
esa fuerza de la sociedad que quiere ocultar y esconder y poner, justamente,
bajo tierra años muy importantes de la vida de este pueblo,
reflexiona Miguel DAgostino, uno de los sobrevivientes.
El
Club Atlético funcionó en los sótanos
del edificio de suministros de la policía federal, en Paseo
Colón entre San Juan y Cochabamba. Los organismos de derechos
humanos y los sobrevivientes reclamaron durante muchos años
la excavación. Empezaron a realizar Jornadas por la Memoria,
desde el 7 de julio de 1996, que fueron respondidas con las tradicionales
metodologías represivas. En aquella oportunidad en la madrugada
quemaron el Tótem y taparon los nombres de los torturadores.
A sucesivas destrucciones y a tres incendios, las respuestas fueron
movilizaciones que reconstruyeron con papeles y tizas, el símbolo
de la memoria que sigue acusando a los represores.
En
el 2002 después de años de insistencia, el trabajo de
los organismos de derechos humanos y otras organizaciones sociales,
permitió que con el apoyo de la Subsecretaría de Derechos
Humanos del Gobierno de la Ciudad y otros organismos porteños,
comenzara un consistente trabajo de investigación que expresó
voces, testimonios, memorias, pérdidas, dolores, sufrimientos,
militancias y vivencias de quienes pasaron por el Centro Clandestino
Club Atlético.
La
Comisión de Trabajo y Consenso del Proyecto de Recuperación
de la Memoria del Club Atlético, fue elogiada por
la mayoría de las organizaciones de derechos humanos. Participaron
las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, el Servicio de
Paz y Justicia, el Centro de Estudios Legales y Sociales, la Asamblea
Permanente por los Derechos Humanos, el Movimiento Ecuménico
por los Derechos Humanos, las Abuelas de Plaza de Mayo, Hijos por
la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio, la Asamblea
de San Telmo, la Red de Organizaciones Sociales de San Telmo, Encuentro
por la Memoria, Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones
Políticas, La Fundación Memoria Histórica y Social
Argentina, sobrevivientes y familiares de desaparecidos del CCD Club
Atlético, la Unión de Trabajadores de Prensa de
Buenos Aires y distintas áreas del Gobierno de la Ciudad de
Bueno Aires, como la Subsecretaría de Derechos Humanos, la
Secretaría de Infraestructura y Planeamiento, la Dirección
General del Casco Histórico, el Centro de Gestión y
Participación Nº1, y Autopistas Urbanas Sociedad Anónima.
En
la coordinación del proyecto estuvieron Ana Barrio y Marcelo
Castillo.
En el trabajo de reconstrucción de la memoria. se priorizó
rescatar la historia y los testimonios de los sobrevivientes y sus
familiares desaparecidos. Cada una de las entrevistas tomadas, fue
devuelta y corregida por los entrevistados.
Varios
ejes fueron centrales en la investigación: el contexto histórico
en la Argentina, la militancia, la dictadura, la resistencia, los
secuestros, los represores, la cotidianidad en el Centro Clandestino
el Atlético, el adentro y el afuera, la búsqueda, las
denuncias en el exterior, los escraches, el significado de la excavación
en el pasado, en el presente y en el futuro.
En
la investigación la Comisión digitalizó más
de 5 mil documentos. Para el coordinador del proyecto Marcelo Castillo,
lo más valioso es la demostración real y concreta
de la muestra, de que hay posibilidades de construir relatos colectivos
que permitan crecer a todos.
Los tres ejes centrales de la comisión son la ampliación
del trabajo y la investigación, la excavación en sí
misma y la difusión.
Sobre
los cimientos del Centro Clandestino de detención El
Atlético, que se comenzó a demoler a fines de
1979, se construyó la autopista. Con el trabajo de excavación
fue posible encontrar restos de los muros de las celdas con las inscripciones
de los detenidos; analizar a más 20 mil objetos y fragmentos;
encontrar los tabiques divisorios de las celdas de aislamientos; hallar
materiales relacionados con el depósito de suministros policiales,
como numerosos fragmentos de uniformes, zapatos, gorras, cachiporras,
restos de ropa, envases de plástico, botellas y monedas. Hasta
se encontró una pelotita de ping pong, juego que frecuentaban
los torturadores.
En
el Atlético los detenidos-desaparecidos eran llevados al lugar
en el interior de autos particulares con los ojos vendados. Cuando
llegaban los bajaban violentamente por una escalera pequeña,
a un subsuelo sin ventilación. Se les retiraban todos sus efectos
personales y se los nombraba con una letra y un número. El
lugar tenía capacidad para unas 200 personas y se calcula que
por allí pasaron entre febrero y diciembre de 1977 alrededor
de 1500 hombres y mujeres, por la deducción de las letras y
los números con que designaban a los detenidos.
El
centro clandestino tenía dos sectores de celdas que estaban
enfrentadas en un pasillo muy estrecho, contaba con tres salas de
tortura llamadas quirófanos·, baños,
una celda común para un grupo numeroso de detenidos llamada
leonera, una enfermería, una sala de guardia y
tres celdas individuales.
Adentro
se escuchaba un cassette con discursos de Hitler a todo volumen y
los gritos y risas de los represores jugando al truco. En el campo
de concentración, se apuntaba a la despersonalización
de los prisioneros, a la pérdida de identidad. Esto se expresaba
a través de distintas situaciones. El hecho de que a uno no
lo llamaran por su nombre, sino que se pasara a ser una letra y un
número que se aprendía a golpes- (en mi caso era
k-04), tenía que ver con esa pérdida de la identidad.
Mientras me torturaban yo quería morirme. En ese momento lo
único que podía salvarnos del sufrimiento era la muerte.
Porque nadie sabía donde estábamos, ellos decían
que tenían todo el tiempo del mundo. La única forma
de dejar de sufrir era morirme, porque no nos iban a dejar en libertad,
y tampoco nos iban a dejar morir para poder seguir torturándonos,
testimonió Ana María Careaga, quien actualmente se desempeña
como Secretaria de Derechos Humanos de la UTPBA.
El
trabajo antropológico de excavación demostró
la veracidad y precisión de los testimonios, ya que el centro
clandestino, estuvo armado tal cual como fue descripto por los sobrevivientes.
Más
de 300 campos de concentración, tortura y exterminio, funcionaron
durante la última dictadura. Sobre el total de 1.500 personas,
que según los testimonios pasaron por el CCD Club Atlético,
han sido confirmados los datos de 316, de los cuales 211 están
desaparecidos. Este listado y el archivo fotográfico se encuentra
en construcción. En el Atlético los sobrevivientes han
denunciado a más de 70 torturadores y siete hijos de detenidas-desaparecidas
embarazadas en el Club Atlético, son buscados por
las Abuelas de Plaza de Mayo. Otros dos han sido localizados y uno
de ellos, Juan Cabandié, recuperó su verdadera identidad
en enero del año pasado.
Por
lo que luchaba esa generación es que necesitaron barrerla y
destruirla, para poder hacer lo que están haciendo hoy. Y eso
está ligado a la impunidad y a la continuidad de este modelo
económico, comentó Ana Careaga, quien cuando tenía
16 años fue detenida y llevada al Atlético estando embarazada.
Su madre continúa desaparecida.