LA TIMBA Y LOS PORTEÑOS

En San Telmo y sus alrededores Nº 34

Febrero 2001

La cantidad de agencias de loterías y juegos de azar desparramadas por Buenos Aires confirman la pasión del porteño por tentar a la suerte. Tanto la razón como la superstición convergen en el ideario popular que persigue salvarse, mitigar sus penurias o, al menos, conseguir un refuerzo de platita para llegar a fin de mes. Así se encuentra al timbero científico, que elabora sus propias estadísticas y cálculos de probabilidad para perseguir al número ganador o al jugador que se entrega a la mística de los sueños que encuentran su traducción en los números de una famosa tabla producto de una cabalística más comercial que relacionada con lo divino. Pero en ambos el común denominador es la fe.

Las costumbres de hoy tienen su origen que, por austero y desorganizado, no deja de ser pintoresco. Una de las primeras loterías que conocieron los porteños( o una de las más antiguas de la que se halla testimonio) es la que organizara la Hermandad de Caridad, a partir de 1816 hasta 1821. Por aquel entonces se disponían en las esquinas de la ciudad pequeños puestos atendidos por "el lotero", provisto de una mesa, un banquillo, las papeletas, el tintero y arenillero de estaño, y una pluma de ganso. Al billete se lo conocía como cédula y costaba 10 centavos. Las cédulas eran unos papeles de 2 pulgadas cuadradas, con el número impreso al frente y al reverso se le añadía una contraseña que elegía el comprador. El trámite era más o menos así:

- Deme una cédula – pedía el cliente

- ¿Qué quiere usted poner? – preguntaba el lotero, según la costumbre

- Ponga usted: "San Antonio, dame suerte" – respondía el comprador

- ¿Contraseña? – inquiría el hombre

- "Anima bendita" –.

Según cronistas de la época, las frases podían ser muy variadas en alusiones o pedidos a los santos, en especial a San Antonio, y las contraseñas eran otro capítulo aparte.

La lotería se jugaba todos los martes a las 13 en la plaza de la Victoria (hoy plaza de Mayo), delante del Cabildo, con una nutrida concurrencia de impacientes jugadores que muchas veces, consecuencia de la ansiedad, provocaban algunas muestras de pugilato que retrasaban los sorteos. Dos mocitos sacaban de un saco entre ocho y diez números, según el caso, que eran entregados al anunciador que se encargaba de comunicarlos a viva voz.

Esta función la desempeñó, durante los cinco años que duró esta lotería, un andaluz llamado Clavijo dueño de un impresionante vozarrón que le valió una popularidad sin parangón por aquellos días. A cada número leído, el populacho se despachaba con un contundente "¡Viva Clavijo!". Para el premio mayor, la paga era de 300 pesos y para el resto 100. Los extractos se entregaban a los loteros para que sean consultados por los jugadores que no asistían a la plaza. En ellos figuraba el número beneficiado, la seña y la contraseña, por ejemplo: "La calva de Clavijo" – contraseña – con 300 pesos, número 350.

La lotería de la Hermandad de Caridad fue muy popular y encontró aceptación en todos los estratos sociales de la época, pero sin dudas donde más adeptos cosechó fue entre los negros esclavos. Lejos de cualquier suposición apresurada a la que solemos ser afectos, la razón de esta devoción de los negros por el juego era que por sólo 10 centavos, dinero que casi siempre disponían, podían obtener 300 pesos y así pagar a sus dueños el rescate por su libertad. Pese a la precariedad del sistema, no hay testimonio alguno sobre problemas para el cobro de los premios o actos de mala fe de ningún tipo. Hacia mediados de 1821, problemas económicos empezaron a minar la regularidad de las jugadas, haciéndose sorteos cada vez más espaciados entre sí hasta que en noviembre de ese mismo año se realizó el último. Según se supo, no pasó mucho tiempo para que surja una nueva lotería donde, luego de pasar por mil penurias económicas, el andaluz Clavijo volvió a ejercer la función de anunciador hasta el día que murió.

Hoy el hábito del juego, legado de los españoles, constituye uno de los tantos aspectos de nuestra cultura con fuerte arraigo popular. El paso del tiempo cambió algunas cosas, pero otras no. Puede que no tengamos a Clavijo como anunciador, pero tenemos a "Riverito"; puede que hoy no existan esclavos, y de esto todavía no estoy seguro, pero cuantos de nosotros soñamos con agarrar aquel número que nos permita tener esa libertad que supere el mero aspecto nominal de la palabra. Como sea, jugar para muchos sigue siendo una apuesta por el futuro y para otros una forma de darle sentido a los sueños.

Lucas E. De la Vega Mazzini

Fuente: "Buenos Aires desde 70 años atrás", José Antonio Wilde, ed. EudeBA, 1961.

 

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