En
San Telmo y sus alrededores Nº 26
Enero
2000
Entre
1875 y 1914 la Argentina recibió a más de cinco millones de personas,
que representaron el 14 por ciento del total del movimiento migratorio
mundial. En ese entonces, nuestro país llegó a ocupar el tercer y
aún el segundo lugar entre aquellos que recibían inmigración. San
Telmo, Montserrat y el sur de la ciudad no fueron ajenos al crecimiento
demográfico de entonces.
En
esta nota se presentas historias de vida que incluyen guerras, exilios,
desarraigos y esperanzas.
Eudoxia
nació en Smolensk, al este de Moscú, Rusia y llegó a la Argentina
en 1949 junto a sus tres hermanas. El motivo por el cual tuvieron
que huir de su país se debió a la guerra y al hambre. Atrás quedaba
el recuerdo de sus padres quienes no tuvieron la posibilidad de elegir
hacia que lugar emigrar, pues su padre murió durante la guerra y su
madre falleció víctima del severo régimen comunista.
Como
muchos inmigrantes que llegaban al "nuevo mundo", a Eudoxia
le costó adaptarse. "Llegué cuando tenía 11 años- cuenta- y fui
al colegio para aprender el idioma que al principio me costó mucho,
y también para aprender la cultura de acá. Mientras tanto mis hermanas
trabajaban de domésticas".
Cincuenta
años han pasado desde aquel entonces y Eudoxia encuentra que su vida
ha cambiado muchísimo. Además de tener una familia de la que se siente
orgullosa, ha hallado en la religión un espacio donde encontrarse
con Dios y con los suyos. Todos los sábados a las 5 de la tarde acude
puntualmente a la Iglesia Ortodoxa Rusa, "nos reunimos acá, y
toda nuestra vida transcurre ya ahora alrededor de la iglesia"-
comenta.
El
caso de Eudoxia es uno de las tantas historias de inmigrantes que
arribaron a nuestro país con la esperanza de encontrar no sólo trabajo
sino también la tranquilidad de saber que podían caminar por las calles
sin temor a que algo les sucediera.
"Cuando
terminó la guerra sufrí mucho el hambre y la falta de mis padres",
cuenta Elena Semba, quien es descendiente de padres japoneses que
llegaron al país en 1937. Elena y Ramón Semba son propietarios de
la tintorería El Japón y aseguran que la mayoría de los japoneses
provenían de las provincias de Okinawa y Yamagata. En realidad todos
llegaban con la idea de volver a su patria, pero la guerra se los
impidió.
Si
bien Elena nació en la Argentina, cuando tenía veinte meses debió
partir junto a su abuela y sus hermanos hacia Japón debido a la importancia
que para sus padres tenía que sus hijos recibieran una educación japonesa.
Incluso
no sólo la educación era importante para estos inmigrantes, sino que
también consideraron fundamental fundar un lugar que les sea apropiado
para poder encontrarse con sus pares. Un 29 de marzo de 1925, nace
la Asociación Japonesa ubicada en Independencia 732. Al respecto,
Emilia, quien hace varios años que trabaja en esta institución, comenta
que el objetivo también era "brindarle a los descendientes de
japoneses un espacio donde poder reencontrarse con sus tradiciones".
Hoy
esta asociación continúa con la finalidad de funcionar como espacio
de encuentro entre personas, pero ya no sólo son japoneses sino también
argentinos los que tienen la posibilidad de realizar distintas actividades
como el aprendizaje de idiomas y disciplinas como el karate, kendo
y shiatsu.
Los
inmigrantes españoles también tuvieron su lugar al llegar a América.
Pero con la gran diferencia de haberse establecido en la Argentina
desde mucho tiempo atrás. Es el caso de la Institución Cultural
Española, ubicada en Bernardo de Irigoyen 674, en donde María
Teresa Michelón quien hoy es secretaria del consejo de residentes
españoles cuenta que "esta institución fue una de las primeras
casas que fundaron los españoles hace ciento y algo de años. El nombre
que se le dio fue La Patriótica y hasta el momento lo único que ha
variado han sido sus dimensiones. Pues hoy la institución es mucho
más pequeña".
María
Teresa llegó al país proveniente de Asturias en 1956 junto con su
madre y eligió este país porque ya tenía familiares aquí. Al llegar,
se dedicó a terminar sus estudios para luego dedicarse a la asistencia
social. Desde entonces, trabaja en el consejo de residentes españoles,
un organismo que se ocupa, entre otras cosas, de permitir que
aquellos compatriotas españoles de edad avanzada y con pocos recursos
puedan volver a su país natal con ayuda de un subsidio que les otorga
el gobierno español.
Sin
embargo, no todos los inmigrantes que llegaron al país encontraron
una institución o una asociación que los contenga.
Entre
1973 y 1983, por lo menos 15.000 personas escaparon de las dictaduras
militares de los países limítrofes. Una de esas personas fue Pablo
Garrido quien debió huir de Chile en septiembre de 1973 cuando se
produjo el golpe militar contra Salvador Allende encabezado por Augusto
Pinochet.
En
ese entonces, con 29 años, trabajaba en el ministerio de Agricultura
en un programa de reforma agraria. Al producirse el golpe, se exilió
en Holanda durante nueve años y luego, ya casado, se fue junto con
su esposa hacia Valladolid- España. Recién llegó a la Argentina en
el 86 y en el 88 volvió a Chile para trabajar en el plebiscito
contra Pinochet.
A
pesar de todo, regresó al país en el 90 para quedarse en forma
definitiva porque considera que ya se ha ganado un espacio en San
Telmo y porque sólo aquí ha encontrado la posibilidad de seguir creando
a través de su poesía y de sus novelas.
Si
bien los inmigrantes que llegaron a la Argentina pensaron que no se
quedarían para siempre, muchos de ellos con el paso del tiempo han
decidido establecerse definitivamente por voluntad propia. Algunos
porque han formado una familia y creen que les será difícil adaptarse
después de tantos años a un nuevo lugar, aunque sea su patria. Otros,
porque prefieren conservar en su memoria el recuerdo de un pueblo
que no ha sido afectado ni por la guerra ni por el tiempo. Y el recuerdo
de un hogar lleno de gente que probablemente hoy ya no está.
Muchos
prefieren conservar esas imágenes que los acompañarán siempre. Porque
a pesar del desarraigo que lo viven con cierta nostalgia, les queda
la seguridad de que aunque el tiempo transcurra, pues es algo inevitable,
habrá rasgos, canciones, poemas que jamás podrán ser olvidados. Así
como también el orgullo que cada uno de ellos conserva al decir soy
español, soy japonés, soy ruso, soy chileno.
Cecilia
Sosa