EL
CARNAVAL DE LOS NEGROS
En
San Telmo y sus alrededores Nº 4
Agosto
1997
Los
orígenes del carnaval son remotos, de procedencia griega o romana. En
su inicio tenía carácter religioso, en homenaje al dios Dionisio o Baco,
el dios de las pasiones primordiales, de la celebración de los sentidos.
Por eso asume las formas de la fiesta, de la alegría y del desenfreno
en que todo lo razonable y ordenado cede paso a la espontaneidad, el
desorden y los y los excesos.
En
la era cristiana el carnaval dejó de lado su fundamento religioso pero
conservó su naturaleza alegre y desinibida. Es la ocasión para que cada
quien abandone las formalidades que le impone su condición social y
pueda mostrar su ser profundo (o lo que quisiera ser, por sobre los
que, por su situación, es).
Los
disfraces y las máscaras permiten además, una mayor libertad que la
habitual, una cierta impunidad.
Dadas
esas circunstancias, el carnaval ha sido siempre para los oprimidos
y sojuzgados una ocasión de expresar lo que realmente sienten respecto
a su situación, a los poderosos y al orden dado. Les es posible referirse
con desparpajo a todo lo que les interesa, criticar y burlarse libremente
de todo lo arbitrario o injusto. Es, además, el momento para los reprimidos
de sacar a luz -aunque sea simbólicamente y sólo mientras dure el carnaval-
sus costumbres, su lengua, sus cultos y creencias ancestrales prohibidos.
Los
negros de San Telmo y Monserrat no fueron la excepción a esta característica
del carnaval. Para los días de la fiesta se agrupaban, según su lugar
de origen africano, en "naciones", entre las que estaban las
de Banguela, Cabunda, Caricari, Congo, Humbuero y Muchote, en lugares
llamados tambores (por el instrumento de percusión que marcaba el ritmo
de sus danzas).
Encubrían
sus antiguos dioses en figuras del santoral cristiano como San Benito
o el Rey Mago Baltasar y, disfrazados con prendas en desuso de sus amos,
se entregaban al baile que acompañaban con comentarios cantados en los
que no se privaban de opinar y criticar libremente todo lo que se lees
ocurriera.
Las
fiestas eran tan divertidas que muchos blancos participaban y algunos
incluso se disfrazaban de negros tiñéndose la cara.
En
algunas ocasiones las autoridades, preocupadas por las exteriorizaciones
de descontento (aún cuando tuvieran formas humorísticas) prohibieron
el carnaval, pro su popularidad era tan grande que siempre debieron
volver a permitirlo.
La
extinción de los negros no terminó con el carnaval. Su alegría revulsiva,
la oportunidad de ser libres y críticos, aunque fuera por sólo tres
días al año, fue retomada por los sectores populares y las murgas y
comparsas siguieron siendo una característica de nuestro barrio. Aún
hoy quedan entre sus cenizas, algunas brazas del viejo carnaval.