En
San Telmo y sus alrededores Nº 2
Junio
1997
Estos
son tiempos duros, problemáticos. Trabajar, luchar por la subsistencia,
cuesta mucho y nada parece garantizado. A estas dificultades se suma
la moda de un discurso pasatista que nos amarga la vida (más todavía,
si cabe), con denuncias tremendistas sobre los daños que acarrea el
progreso. Si las tomáramos al pie de la letra debiéramos partir de la
premisa de que casi cualquier progreso es sinónimo de contaminación,
amenaza para la vida y destrucción del planeta. Parece como si el ayer
hubiera sido idílico, perfecto y que, desde ese pasado "ideal"
hasta ahora sólo se hubieran incorporado pérdidas y decadencia.
En
otras épocas, sin embargo, las peores amenazas no provenían de los discursos
apocalípticos de los enemigos del confort, la ciencia y la técnica,
sino de la realidad misma. La higiene y la salubridad pública eran bienes
escasos. La suciedad, la contaminación del agua y los alimentos y el
hacinamiento de las viviendas que habitaban los sectores populares (con
escasa aireación, sin agua corriente ni desagües cloacales), generaban
condiciones favorables al desarrollo de distintos morbos. Y San Telmo
conoció el de varios de ellos.
La
primera epidemia importante fue la viruela, que castigó con dureza al
barrio de los Altos de San Telmo entre 1794 y 1796, afectando principalmente
a los que vivían hacinados, mayoritariamente negros que habían sido
traídos como esclavos y sus descendientes.
Setenta
años más tarde, entre 1867 y 1868, infectó a nuestro barrio un mal que
nos visita nuevamente en estos últimos años: el cólera. Llegó esa vez
desde el Brasil, traído por algún viajero enfermo, o desde el Paraguay,
donde el ejército involucrado en la guerra de la Triple Alianza sufrió
la epidemia. El impacto fue terrible, produjo diez mil casos fatales,
especialmente en San Telmo y La Concepción, barrios en los que eran
más graves el hacinamiento y la falta de higiene.
Pero
las situaciones más dramáticas fueron provocadas por la fiebre amarilla,
que sufrimos dos veces. La primera vino en 1859 desde Montevideo, ciudad
a la que había diezmado el año anterior y causó más de quinientas víctimas
entre los porteños. Poco más de una década más tarde, en 1871, volvió
mucho más terrible, para cobrarse gran cantidad de vidas. La primera
víctima, a fines de enero o primeros días de febrero de ese año, fue
un habitante de una antigua residencia convertida en conventillo, ubicada
en la calle Bolívar 392 (hoy 1262). Nuestro barrio fue el más afectado
por el tendal de muertes, que acrecía día a día. Una de las primeras
disposiciones adoptadas fue el desalojo total de la manzana de Bolívar,
Av. San Juan, Defensa y Cochabamba. Pero nada parecía parar la epidemia.
De treinta víctimas diarias, al principio, llegó a un record de 546
muertes en un día, el 10 de abril. Sólo con la llegada de los primeros
fríos, que terminaron con los mosquitos que eran el agente transmisor
de la enfermedad, la epidemia llegó a su fin.
En
el interín murieron 13.584 enfermos. El terror que se apoderó de la
ciudad provocó un éxodo masivo que disminuyó la población de Buenos
Aires de los 200.000 con que contaba a sólo 60.000. Superada la epidemia,
las familias pudientes abandonaron San Telmo y se trasladaron a la zona
norte, que a partir de entonces se convirtió en el lugar elegido por
las clases poseedoras.
Como
siempre ocurre en estos casos límite, la naturaleza humana se reveló
en todas sus facetas. Hubo quienes aprovecharon la huida de sus dueños
para saquear las casas desocupadas y, también, por suerte, quienes lucharon
abnegadamente, hasta entregar incluso sus vidas para salvar las de otros,
como el presidente de la Comisión Popular formada para hacer frente
a la epidemia, Dr. Roque Pérez, o el joven abogado Dr. Manuel Argerich,
inmortalizados en el cuadro del pintor uruguayo Juan Manuel Blannes
Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires, que ilustra
esta nota.
El
pasado es un gran maestro. Sus lecciones pueden enseñarnos mucho para
manejarnos mejor en el presente y construir un futuro deseable. Hoy,
cuando el cólera se nos ha instalado cerca y el SIDA nos amenaza a todos,
no reiterar los extremos de injusticia social, errores y desidia, apelar
a la higiene, la prevención y una mejor calidad de vida pueden ayudarnos
a superar los terrores de este fin de siglo.
Carlos
O. Scirica