EN
EL SUR DEL VIEJO BUENOS AIRES EN TIEMPOS LEJANOS VIVIAN
LOS
NEGROS DE LA CONCEPCION
En
San Telmo y sus alrededores Nº 3
Julio
1997
En
otras épocas los negros eran un componente sustancial de la ciudad y,
especialmente, de su zona sur, la de los actuales San Telmo y Monserrat.
Recuerdo de eso es la evocación, para las fiestas patrias, de las "negras
mazamorreras" o las vendedoras de churros y empanadas, para "generar
el clima" de las fechas en que elegimos ser libres.
No
es mucho más lo que queda registrado en los textos escolares. A lo sumo
que en la "Asamblea del año XIII" se decretó la "libertad
de vientres" (es decir que los hijos de esclavas nacidos después
de esa fecha serían hombres libres). Recién ahí nos dimos cuenta que
esas "alegres" negras que ofrecían sus humeantes alimentos
eran esclavas y que otro negro (esta vez un varón) el "negro Falucho"
dio la vida por negarse a arriar la bandera. Según parece no habría
existido en realidad Falucho, pero en todo caso hizo bien Mitre en crear
su leyenda que, en mínima parte, compensa al gran número de los que
verdaderamente murieron por nuestra libertad y que la historia no se
tomó la molestia de registrar.
En
realidad hay muchas cosas escamoteadas por la historia, esa "señora
olvidadiza" y, en este caso, ese olvido voluntario cumple
la función de ayudarnos a robustecer nuestra ilusión de ser "puros"
descendientes de europeos. Este, lo mismo que otro "olvido",
el de la magnitud real de sangre indígena que circula por las venas
criollas, forma parte del racismo encubierto que nos avergüenza.
Muchísimos
negros fueron traídos a nuestro país como esclavos en la época colonial.
Una parte importante forzados a trabajar en la minería o en las manufacturas
artesanales del Noroeste (que producían hilados y tejidos para los requerimientos
de la minería del Potosí), otros se desempeñaron en la campaña bonaerense
como peones y capataces de estancias, y muchos fueron esclavos domésticos
en nuestra ciudad. Parte de ellos eran utilizados en la elaboración
y venta de las famosas empanadas, los churros y la mazamorra, velas
y otros bienes de producción artesanal. Trabajaban para sus amos, que
obtenían de su explotación jugosas rentas y beneficios.
Según
el censo de 1778, la Buenos Aires colonial tenía una población de 15.719
españoles (blancos), 1.288mestizos e indios y 7.268 mulatos y negros.
En 1810 había una población de 10.000 negros y 15.000 en 1836. A mediados
del siglo pasado, sobre un total de 800.000 habitantes de la Confederación
Argentina, los mulatos alcanzaban a 110.000 y los negros a unos 20.000.
La mayoría de los negros y mulatos eran porteños.
Este
crecimiento se dio pese a que desde 1812 se prohibió la "trata"
(el comercio) de esclavos y que los hijos de esclavas (que eran las
que trasmitían su condición a su descendencia), desde un año más tarde
fueron libres. Pero los que eran esclavos siguieron siéndolo. Incluso
cuando la Constitución estableció en 1853 que quedaban liberados, mantuvieron
en la práctica su condición, en muchos casos hasta su muerte, o hasta
que cruelmente eran hechos "libertos" cuando, sea por vejez
o enfermedad, dejaban de ser útiles para sus amos.
Los
negros y mulatos fueron muy apreciados por sus aptitudes físicas, su
inteligencia, su docilidad (obtenida mediante terribles violencias)
y su valentía. Esta última cualidad fue una suerte para la patria naciente,
pero una desgracia para ellos: fueron enganchados como soldados en los
ejércitos y participaron en todas las contiendas bélicas. En los años
transcurridos entre el primer censo y la batalla de Pavón (1860), los
negros regaron con su sangre los campos de la Argentina, Chile y Perú
en las campañas de los ejércitos libertadores primero, en las guerras
civiles luego, para finalmente dejar sus huesos en las líneas de fortines
y las luchas contra el indio.
Explotados
y maltratados en las labores domésticas, en la producción artesanal
y los trabajos más duros, o usados como carne de cañón, sin embargo
los negros siempre tuvieron una fuerte presencia en Buenos Aires y,
en especial, en la zona sur de la ciudad, en el barrio de La Concepción,
San Telmo y Monserrat. En 1802 ya había una Casa y Sitio del Tango
(tango o tambo era el baile negro y, también, el recinto
en que se realizaba).
En
La Concepción, en 1827, había siete sociedades de negros que, para 1842,
se habían multiplicado, especialmente en las calles Chile, México y
Av. Independencia.
Los
candombes que bailaban eran una expansión de alegría que compensaba
las tristezas de la esclavitud y de la nostalgia por el Africa, de la
que ellos o sus ancestros habían sido arrancados. La popularidad que
alcanzaron estas fiestas motivó que se acercaran a ellas muchos que
no eran negros ni mulatos. Su cadencia, su ritmo, la cultura profunda
y potente que trasuntaban impregnó inadvertidamente a una sociedad que,
si bien no la registró en su piel, la incorporó en su espíritu.
Hoy
todo eso es pasado. Quedan muchas huellas culturales, pero se han borrado
casi todos los restos materiales. La explotación, las guerras, la miseria,
fueron acabando con los negros. No se les permitió integrarse. Como
dijo Manuel Ugarte: "El país en que trabajaban y nacían era una
patria de adopción. Formaban un haz aparte que no podía confundirse
porque llevaba el distintivo en la cara. El hijo del extranjero emigrado
es criollo al cabo de una generación. Nadie logra descifrar su procedencia.
Pero ¿quién arrancaba al negro su nacionalidad aparente?".
Las
negras no tuvieron casi alternativa al empleo como domésticas, pocas
veces pudieron casarse o embarazarse sin perder su empleo y ser arrojadas
a la calle. Los negros, condenados en su mayoría a la soltería, se fueron
extinguiendo y las epidemias de cólera y fiebre amarilla, al castigar
más intensamente las viviendas más precarias y de mayor hacinamiento
(las que abundaban en este sur de la ciudad, en el que vivía la mayoría
de ellos), hirió de muerte la subsistencia de su raza. Los mulatos,
por su parte, en muchos casos procrearon con criollos, indios o inmigrantes
y sus descendientes se confundieron con el resto de la población. Sin
embargo, todavía hoy es posible advertir, en los rasgos de muchos argentinos,
señales de esos pueblos nobles y altivos tan brutal e injustamente arrancados
de sus lugares de origen.
Los
negros están en el origen de no pocas "respetables" fortunas.
Pero también dejaron impresa su huella y su herencia en muchas manifestaciones
de nuestro tan mentado "ser nacional". Sin ellos no hubieran
sido posible algunas de las manifestaciones más potentes y peculiares
de nuestra identidad, como la milonga y el tango. Negros destacados
(que brillaron en distintas actividades pese al racismo y dificultades
que debieron enfrentar), fueron entre muchos otros Lorenzo Barcala,
héroe de la gesta sanmartiniana, Cayetano Alberto Silva, el uruguayo
autor de la autor de la Marcha de San Lorenzo y, Gabino Ezeiza,
el más grande de nuestros payadores.
Carlos
O. Scirica