Monumento a Don Pedro de Mendoza en el Parque Lezama

SAN TELMO: DONDE SE FUNDO EL SUEÑO

En San Telmo y sus alrededores Nº 6

Octubre 1997

La atención del mundo está puesta en las proximidades del fin del milenio en algunos nombres: Lady Di, la Madre Teresa, el Che, antes -y durante- Evita, desde hace unos años el Subcomandante Marcos, desde algunos más Nelson Mandela…Son, o fueron, muy distintos entre sí pero, de una u otra manera nos expresan, nos hacen sentir mejor porque, en alguna medida, son o fueron seres como nosotros y -por eso- sentimos que parte de ellos nos es propia, que tenemos algo en común con ellos y, por eso, tenemos algo en nosotros de qué enorgullecernos, somos parte de la raza humana, una especie que -además de las mezquindades y los egoísmos, las envidias y los odios- produce ejemplares emblemáticos de lo que todos quisiéramos ser.

No importa tanto quienes son o fueron en la realidad, cómo son o fueron, qué es lo que hicieron o hacen, sino la imagen que hemos construido de ellos. Rescatamos, más allá de los hechos históricos, la juventud, la belleza, la bondad, el valor, el espíritu de sacrificio y desprendimiento que sus nombres y sus imágenes evocan. Son los héroes que satisfacen nuestra necesidad de sueños y utopías.

Pocas veces nos detenemos a pensar en la utopía como necesidad, en el alimento espiritual que proporciona, sin el cual no podríamos afrontar la dureza de la lucha diaria por la existencia. Sin embargo, sin ella la historia hubiera sido muy distinta o, directamente, no la hubiera habido. Cuando, hace en estos días 505 años, Europa se topó inadvertidamente con un nuevo continente, los sueños y las utopías estallaron: América, fue sucesiva o simultáneamente, la Arcadia feliz, el infierno de los caníbales, el paraíso habitado por "el buen salvaje", el lugar donde reinaban las amazonas, donde moraban los monstruos o donde (en el sueño de Tomás Moro), construir la sociedad perfecta, el reino de Utopía. Pero, sobre todo, fue el lugar donde enriquecerse, donde encontrar el maravilloso país de los Césares, del "Rey Blanco" en el que (se suponía), abundaban tanto las riquezas que las casas eran de oro y el piso estaba pavimentado de plata.

Fue ese sueño loco el que movilizó la imaginación y la avaricia, el que dotó de coraje temerario a los conquistadores y los impulsó a superar todos los obstáculos, a afrontar todas los peligros y soportar todas las penurias para apoderarse, para hacer suyo, el "Nuevo Mundo" y todas sus imaginadas riquezas. Esa ambición sin límites motivó al ya entonces sifilítico don Pedro de Mendoza, un hidalgo de pocos escrúpulos (que, al decir del historiador Del Barco Centenera, durante el saqueo de Roma "en tiempo de pillar hinchó la mano"), a lanzarse a la aventura que lo llevó a fundar en estas costas, en la zona que hoy es nuestro San Telmo, a la Ciudad de Buenos Aires que tanto amamos.

En la aventura no encontró el oro sino la muerte. En las leonadas aguas del "Mar Dulce" no existía el metal que dio al río su nombre definitivo y bautizó al país como Argentina (como país de la plata), sino barro, llanura y desolación. Pero en ese barro, con el tiempo, germinó una civilización y una cultura nueva, con barrios que sí tuvieron en cambio "plata de luna y oro de sol", como hermosamente dice el tango. Por aquí empezó todo. Venimos de la locura, la ambición desmedida y la crueldad, pero también de los sueños y las utopías. Locura, ambición, crueldad, fueron tragados por el barro, hundidos en el olvido. Los sueños y las utopías, en cambio, todavía y pese a todo, nos permiten vivir, construir y creer en el futuro.

Carlos O. Scirica

 

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