INSEGURIDAD

En San Telmo y sus alrededores Nº 21

Abril 1999

En el último mes estalló ante la vista de todos una bomba que venía incubándose desde hace ya varios años: la del crimen violento. Sus esquirlas, impulsadas por el sensacionalismo amarillista de los medios y la utilización en plena campaña electoral de candidatos poco responsables, nos hieren a todos imponiéndonos las heridas más dolorosas, las que infringe el miedo.

Se sabía, lo señalaban los datos disponibles, que la criminalidad estaba aumentando sin prisa y sin pausas, motivada por causas económicas y sociales como el empobrecimiento, la desocupación y la marginación sin esperanzas (a las que las políticas económicas condenan a sectores crecientes de nuestro pueblo), que arrojan a muchos al delito como única alternativa.

Pobreza no es de ninguna manera sinónimo de inmoralidad ni delincuencia pero, cuando esa pobreza se transforma en miseria extrema, hace trizas la autoestima y los valores más elementales, y degrada. En esas circunstancias, no puede exigirse a muchos, en una sociedad en la que la solidaridad escasea, la resignación necesaria para aceptar pasivamente morirse de hambre. El resentimiento, la rabia y la droga convierten a los autores de algunos de estos delitos en bestias sanguinarias que horrorizan a la sociedad.

Pero no sólo delinquen los muy pobres, los adolescentes o los drogadictos, como se quiere hacer creer alentando la discriminación: muchos ilícitos tienen como autores a elementos del hampa organizada, "mano de obra desocupada", ex policías expulsados de sus fuerzas por actuar al margen y en contra de la ley que debían defender.

Entre las causas del auge de la delincuencia se encuentra también la decadencia moral (predicada con su práctica) de sectores significativos del establishment económico, las élites farandulizadas y exhibicionistas, y la frivolidad del poder político, estamentos que reemplazaron sin miramientos la decencia y el respeto a la ley por la realización de sus deseos a cualquier costo.

Esta puesta al revés del "predicar con el ejemplo" enseñó y enseña a muchos que la única ley vigente es la del todo vale, y que la inmoralidad o el pecado no radican en la conducta, sino en ser descubiertos (y en raros casos condenados) y tener que pagar las consecuencias.

Todo este proceso de descomposición material y moral se produce en circunstancias en que la seguridad está a cargo de los restos de la "mejor maldita policía del mundo" en la provincia de Buenos Aires, de una policía federal y de policías provinciales que, como las de Mendoza o Santa Fe, no pueden jactarse de una foja de servicios mucho más presentable. Es sabido que en nuestra historia reciente, por lo menos desde los tiempos del "Proceso", las fuerzas policiales han sido a menudo utilizadas más para la represión que para la defensa de la vida, la libertad y los bienes de quienes debían supuestamente proteger. A cambio de su "colaboración" en la represión ilegal, los militares les permitieron que "hicieran negocios" con los cuales suplir las carencias de presupuestos siempre escasos.

La restauración democrática no dispuso casi nunca de tiempo ni energías para encarrilar la seguridad dentro de los marcos legales y enfrentar decididamente los focos de corrupción policial. Están frescos en la memoria colectiva el fracaso de la lucha en soledad que encaró en su momento Luis Brunati, abandonado por el entonces gobernador Cafiero (más dispuesto a conciliar con las cúpulas policiales que a enfrentarlas), o las alabanzas de Duhalde para con la mafia que durante años las condujo.

Los intentos (tardíos, improvisados e incompletos) del gobernador-candidato para reformular la seguridad provincial son implacablemente bombardeados por el gobierno nacional, que apuesta a su fracaso con la complacencia de los estamentos policiales de todo el país que, tradicionalmente, vienen manejando al aparato policial como un feudo y en muchos casos negocian la "protección" a los delincuentes a cambio de participación en el producido de los ilícitos.

En ocasiones, incluso conducen a sus hombres a enfrentar a la delincuencia común sólo para eliminar la competencia en la explotación de los "negocios" más rentables (como el narcotráfico y la venta de drogas, el robo de automotores y de transportes de droguerías, electrodomésticos u otros bienes valiosos, el contrabando, etc.)-.

En estos momentos estamos asistiendo azorados a una puja demagógica entre el gobierno nacional, el gobernador-candidato y los candidatos de la Alianza, que compiten denodadamente por el lauro de "campeón de la mano dura" buscando réditos electorales, pero sin propuestas razonadas, basadas en un estudio profundo y en la experiencia internacional, para poner coto a la ola delictiva. Seguramente están convencidos que "la gente no va a entender" si se plantea un debate serio. Por eso nos ofrecen elegir entre la sartén y las brasas o, lo que es lo mismo, entre los apremios sin control judicial propuestas por Patti y la violencia callejera.

Suprimir derechos y libertades duramente conquistadas, con el costo de mucha sangre y dolor para entregar nuestras vidas, libertad y bienes a las "malditas policías", a viejos o nuevos "padrinos" y "pesados" policiales con picana y gatillo fácil, sería repetir una historia muy triste y muy fresca en la memoria de todos.

La crisis y la miseria engendran delitos todos los días. Su superación será un largo proceso. En el interín será necesario tender redes solidarias que den soluciones, aunque sean paliativas, a las situaciones más angustiantes. En este mismo número de En San Telmo y sus alrededores una nota ejemplifica cómo grupos de vecinos y asociaciones del barrio trabajan en ese sentido.

Mientras tanto, la sociedad debe construir sus defensas. Porque no podemos vivir asfixiados por el miedo. Pero debe hacerlo sin histerias, serenamente. Es de esperar que cuando pasen las elecciones, ya sin urgencias electorales, el nuevo gobierno -sean quienes fueren sus integrantes- trabaje seriamente en la conformación de una real política de seguridad, para que tengamos fuerzas policiales con el presupuesto suficiente, auténticamente profesionales, con el equipamiento técnico y la infraestructura requerida, bien remuneradas, y aptas para protegernos en democracia y libertad.

Se necesita una policía confiable. Hasta que eso ocurra, y pese a la angustia, deberemos aguardar porque no hay soluciones verdaderas fáciles y rápidas. Y la seguridad es un tema demasiado serio e importante para dejarlo en manos de candidatos a la caza de votos.


PRIVATIZACIÓN Y FINANCIAMIENTO DE LA SEGURIDAD

La evidente crisis de la seguridad ha dado lugar a la proliferación de organizaciones proveedoras de guardaespaldas y policías privadas, que custodian a countries, barrios privados, empresas y negocios. En la actualidad las compañías de seguridad tienen ya más de ochenta mil efectivos, acercándose así en números al conjunto de las policías federal y provinciales y superando largamente al total de las fuerzas armadas. Es decir que el proceso de privatización afecta gravemente a la seguridad del Estado, que está declinando en particulares sus funciones más esenciales.

Por otra parte, los problemas presupuestarios de las fuerzas policiales han contribuido a que éstas busquen otros recursos para afrontar sus tareas cotidianas. Así es como en distintos barrios cooperadoras policiales solicitan, en especial a los comerciantes, contribuciones para poder equiparse.

Este mecanismo es peligroso porque se corre el riesgo de que se distorsione todavía más la seguridad pública. La sociedad puede quedar aún más dividida entre "ciudadanos de primera" -los que pueden pagar y por tanto tienen mayores garantías de seguridad- y "ciudadanos de segunda", los que no lo pueden hacer, la mayoría de la población indefensa.

La experiencia histórica argentina muestra que trasladar a la propia policía la solución de sus problemas presupuestarios, impulsarla a generar recursos económicos propios, es una segura fuente de males mayores, en cuanto ha llevado en varias ocasiones a la institucionalización de la coima, la asociación con la prostitución, el juego clandestino y la corrupción.

Estas prácticas tienen como correlato necesario la deformación del accionar de las cúpulas policiales que, como en la provincia de Buenos Aires, pueden sufrir transformaciones que las asimilen peligrosamente a asociaciones ilícitas.

 

 

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