PRECARIZACION DEL TRABAJO: MAS DE LO MISMO

En San Telmo y sus alrededores Nº 28

Marzo 2000

Comenzó el tan esperado año 2000. En Argentina, luego de diez años de menemismo, el 10 de diciembre cambió el gobierno. Muchos votaron esperanzados en rectificaciones importantes de las políticas económicas y sociales, que tanto han contribuido al deterioro de la calidad de vida de la mayoría de la población. Sin embargo, más allá de que hasta el momento las nuevas autoridades no han sido involucradas, como las anteriores, en graves hechos de corrupción, los lineamientos básicos generales en materia económica, fiscal, política, laboral o social, parecieran continuar vigentes.

Puede advertirse en tal sentido una clara continuidad en la percepción por los distintos gobernantes de turno en un eje central: no aplicar ninguna medida que no tenga el visto bueno de los inversores. Por este motivo peronistas, radicales o frepasistas, una vez que acceden al poder, aplican (con distintos matices), los mismos planes de ajuste que criticaban cuando eran opositores.

La línea económica impulsada por Cavallo y Roque Fernández, es sostenida en lo esencial por el actual gobierno. Así, los lineamientos básicos del último proyecto de reforma laboral (los mismos que soportaron encendidas críticas por parte de la mayoría de los legisladores de la Alianza, cuando eran opositores), fueron ahora aprobados por la Cámara de Diputados, en su nueva composición de mayoría aliancista, y se convertirán en ley si los aprueba el Senado, como pretende el nuevo Poder Ejecutivo.

En un contexto de alto nivel de desempleo y subempleo, de precarización de las condiciones laborales por la falta de alternativas de trabajo y de constante pérdida de derechos de los trabajadores, permitir los convenios por empresa respecto de las condiciones de trabajo y niveles de remuneración, restará a los asalariados posibilidades de negociar, debido a su condición desigual y su actual debilidad relativa en la mesa de negociaciones.

La política laboral continúa con los mismos ejes de argumentación que tuvo durante el menemismo. Supuestamente, debido a la rigidez que había en el mundo del trabajo, no se generaban condiciones ni estímulos para crear nuevos empleos.

Los distintos ministros de Trabajo y Economía, explicaron en los últimos años que si se cambiaba la legislación, bajando los costos laborales, disminuirían el desempleo y el trabajo en negro. Los parlamentarios defendieron esta línea, aprobando leyes que en la práctica condujeron a que haya menos indemnizaciones por despido, incremento de las jornadas laborales y nuevas condiciones, tan favorables para los empresarios como desfavorables para los trabajadores en relación de dependencia.

Así se atacó a la llamada "industria del juicio" (costosas demandas producidas por accidentes de trabajo o por despidos), creando las ART (Aseguradoras de Riesgos de Trabajo), un sistema por el cual las empresas con un módico aporte mensual a las ART, se desligan de los accidentes laborales quedando las indemnizaciones por siniestros (que tienen un tope), a cargo de éstas. El resultado fue un incremento de los accidentes (que presuntamente disminuirían por el carácter más moderno y eficiente del nuevo sistema) de un 20 % en el último año, especialmente en la construcción, debido a la endeblez de los controles de seguridad y el poco costo que se le asigna a una vida humana. Las bajas indemnizaciones en caso de accidentes, no estimulan a las empresas a invertir en prevención.

Otra de las iniciativas para disminuir los "costos laborales", fue bajar los aportes patronales a la jubilación. El resultado fue un mayor déficit y desfasaje en las cajas previsionales. También se bajaron los montos de las indemnizaciones por cesantías, pero el resultado fue mayor inestabilidad para los que poseen empleo, porque ahora por la nueva legislación prescindir de ellos cuesta menos.

Las medidas de flexibilización también llevaron a poner fin, en distintas ramas de actividad, a los horarios pautados y fijados de antemano. El objetivo alegado fue el mejor aprovechamiento por las industrias y empresas de los períodos de mayor demanda. Sin embargo, en la práctica estas disposiciones condujeron a que se produjeran suspensiones provisorias en los períodos en que bajaron las ventas. Por otra parte, los trabajadores fueron perjudicados, ya que la desestructuración e imprevisibilidad en el mediano y largo plazo de sus horarios, les impide organizar con la anticipación suficiente cualquier actividad ajena a su relación laboral, sea recreativa, afectiva, familiar, artística, deportiva, de estudios o perfeccionamiento o, incluso, el doble empleo (que en ocasiones es una necesidad imperiosa para satisfacer las necesidades impostergables del núcleo familiar).

Después de una década en la que se promulgaron leyes que se presentaron ante la opinión pública como vitales para generar inversiones, fuentes de empleo y generar las condiciones apropiadas para que disminuya el trabajo en negro, los resultados fueron ampliamente adversos para los trabajadores: la desocupación pasó de un 7 a un 15 %; se duplicaron las cifras de subempleados; el menor costo laboral no repercutió en la disminución del trabajo en negro, que en muchas zonas (como el segundo conurbano bonaerense), supera al 40 % y se estima que hay más de 3,5 millones de asalariados no registrados. Otro de los resultados nefastos de las políticas empleadas durante la década pasada, fueron la concentración del ingreso, la más grande en la historia del país, a punto tal que las últimas estadísticas del INDEC (octubre del 99) sobre Capital y el Gran Buenos Aires, registraron una distribución más desigual aún que en el período hiperinflacionario de 1989.

Sin embargo, la actual gestión sigue insistiendo en disminuir los costos laborales. La obediencia debida y lineal a los organismos financieros internacionales y a las recetas del Fondo Monetario Internacional, explican las causas de su insistencia.

La ausencia de políticas activas apoyadas por el Estado; la desprotección del mercado interno ante las importaciones indiscriminadas; las condiciones sumamente favorables a los grandes grupos económicos en detrimento de las PyMEs (que son quienes emplean a más del 70% de los trabajadores); la dificultad de éstas para acceder a créditos a tasas razonables; los altos costos de los bienes y servicios; la imperiosa necesidad de producir una reconversión productiva que otorgue a nuestro país competitividad internacional sobre la base de la calidad y diversidad de su producción y no sobre la baratura de los salarios de sus trabajadores son, entre otros, los problemas centrales que debieran estar en el primer plano de las preocupaciones oficiales si se piensa realmente en reactivar la producción, en vez de insistir en llevar "señales tranquilizadoras" al mercado y mostrarse dóciles ante las pretensiones del establishment nacional e internacional.

 

 

 

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