LA PSICOSIS DE LA INSEGURIDAD

En San Telmo y sus alrededores Nº 70

Agosto 2004

En los medios de comunicación cada vez se dedica un mayor espacio al tema de la inseguridad. La televisión toma como referente a Blumberg y da gran espacio a todos los casos de secuestro, utilizando golpes bajos para emocionar a la audiencia, como las imágenes de llantos, rezos, marchas con velas y las entrevistas constantes a familiares y víctimas de la delincuencia.

Un espacio considerablemente menor obtienen las víctimas del gatillo fácil (las cuales ya superan las 1.500 desde la vuelta de la democracia, de acuerdo al registro de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional), la víctimas de torturas y apremios ilegales en comisarías y los delincuentes económicos que quebraron al país.

Los mismos comunicadores y políticos que celebraron las políticas de exclusión de los ‘90, siguen clamando por leyes más duras, pese a que el agravamiento en las penas de los delitos no ha dado ningún resultado.

El discurso mediático suele omitir datos evidentes. Por más altas que sean las condenas a los secuestros, de poco sirven si no hay detenidos en casi ningún caso. El hecho de que en casi todos los casos de secuestros y también en múltiples delitos y actos de corrupción estén involucrados policías, siembra pocas esperanzas en el presente y en el futuro. Si solo se condena el 2 % ciento de los delitos y pese a eso los presos en las cárceles están hacinados porque no hay lugares en las prisiones, posibilitando que haya miles de detenidos en las comisarías y los policías están vigilándolos en vez de dedicarse a cuidar la seguridad de la población, entonces muchas cosas están fallando.

La seguridad no es simplemente un problema de penas.
Las imágenes apelan a la emoción y el ritmo dinámico televisivo no suele permitir pausas y reflexiones profundas acerca de la situación que se está viviendo.

En un país que cuenta con 16 millones de personas que viven por debajo de la línea de pobreza, que tiene 6 millones de habitantes que son indigentes (es decir que sus ingresos no alcanzan para cubrir las calorías necesarias que necesita el organismo), que cuenta con alrededor de 2 millones de familias subsistiendo con un plan Jefas y Jefes de Hogar de 150 pesos, en el cual 7 de cada 10 niños viven en la pobreza y al menos 1 de cada 3 personas es desocupada, subempleada o sobreempleada, la noticia central son algunos casos de secuestros o el “caos en el tránsito” que provocan los grupos piqueteros y otros sectores que se manifiestas en la vía pública.

Orden, seguridad y “normalidad” en la crisis presente frente a cualquier acontecimiento que pueda alterar el orden existente, son las exigencias de los grandes grupos económicos del sector de la información y la comunicación.

Mediante la psicosis causada por la permanente invocación al peligro de la delincuencia, que crea miedo y pánico colectivo, se establece una agenda de prioridades y propuestas facilistas que difícilmente contribuyan a mejorar la situación presente. Penas más duras, sumatoria de penas por cada uno de los delitos cometidos, más presupuesto en cárceles, en policías y en fuerzas de seguridad en general, son las respuestas que votan los gobernantes impulsados por la opinión pública influenciada por los medios masivos.

Es más sencillo apelar a la emoción y votar por el establecimiento de severísimas condenas ante cada hecho horroroso, que reflexionar y buscar soluciones estructurales a las problemáticas vinculadas a la inseguridad.

Inseguridad también es no tener recursos para brindar los servicios sociales básicos a la familia, tener incertidumbre en el empleo, inestabilidad en los ingresos, problemas con la vivienda, la salud o la educación familiar.

La penas duras muy pocas veces llegan a los responsables del hundimiento del país. De la corrupción de los ´90, con excepción de María Julia Alsogaray no hay ningún condenado. Tampoco los hay por los sobornos en el senado cuando se aprobó la flexibilización laboral o por la fuga multimillonaria de capitales y el escandaloso endeudamiento externo.

En la actualidad hay más de 3.000 personas procesadas por protestas sociales. A ninguna de ellas se las acusa por haber cometido un crimen o por haber causado lesiones o destrozos mayores. Varias están presas por pedir comida, por movilizarse en contra del Código Contravencional, por repudiar el acuerdo con el F.M.I. incendiando una goma o por hacer piquetes para exigir trabajo.

En los recursos y presupuestos públicos se observan las prioridades. Desde los medios masivos de comunicación se suele exigir aumentar las partidas presupuestarias para seguridad, entendida como prevención con custodia en lugares inseguros o como represión. Se propone avanzar en la construcción de cárceles y en la infraestructura de las fuerzas de seguridad. En las sociedades en las que hay mayor desigualdad, suele haber mayores índices de delitos.

La industria de la seguridad tiene grandes lobbistas, ya que puede posibilitar negociados con empresas constructoras de prisiones, con proveedores de servicios intermedios en las instituciones de encierro, la contratación de nuevos DNI (como exige el petitorio de Blumberg), el pago a asesores y a instituciones vinculadas a la tolerancia cero para que capaciten al personal policial local (otra propuesta de Blumberg) y la contratación de armas de última tecnología, entre otras actividades económicas.

Otra opción sería destinar parte de esos recursos al mercado interno, invirtiendo más en garantizar salud, educación, ciencia y tecnología, para apuntar al desarrollo y a saldar la enorme deuda interna con el pueblo argentino. Es otra forma de encarar el problema de la inseguridad. Apuntar a soluciones estructurales y a una mejor distribución del ingreso, para enfrentar la marginación y la pobreza. Cada presupuesto recortado de vivienda, salud o educación, mientras se engrosa las arcas de las fuerzas de seguridad, es un esfuerzo más hacia una sociedad de control que perpetúa la exclusión.

 

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