CLAROSCURO
Al caminar
por las angostas veredas curtidas del histórico San Telmo, se percibe
una época colonial. La misma que encontraba al barrio remojando sus
pies en un Río de la Plata que aún no había perdido sus tierras y
por donde se pintaba el contrabando de plata y cuero hacia el "Viejo
continente". Siempre mirando hacia el "Viejo continente".
El tiempo pasa,
un nuevo siglo y las costumbres cambian, Buenos Aires cambia. Pero
algunos barrios mantienen aquello. Pasear y mirar las casas antiguas
agita la imaginación, los aljibes, los largos patios, las alargadas
puertas y ventanas, el inalcanzable cielorraso, la mazamorra, los
negros y el candombe. La Fiebre Amarilla hace estragos, las familias
patricias se van pero las paredes quedan.
Restaurar aquellas
paredes manteniendo su arquitectura y habitar lo antiguo, hoy es moderno,
extravagante, hasta da cierto status. Para otros en cambio, es una
casa más, un techo más, un conventillo más.
Son dos casonas
siamesas unidas por su medianera. Una tiene de puerta recachos de
madera, al costado hay una ventana finísima que oculta su interior
con un postigo continuamente cerrado. En el primer piso dos ventanas
más, una con portales de madera y ventanillas de vidrio, la otra también
de madera pero con ventanillas de cartón y cinta adhesiva. Hay dos
diminutos balcones, uno está decorado por particulares baldes de pintura
que hacen de macetero y en el otro se ve atada a la baranda de hierro
forjado una cuerda para colgar los calzones. En esta casona predomina
el color del tiempo, un gris oscuro lleno de hollín que a su vez se
confunde con el cielo encapotado. En el vértice se abre una rajadura
y del otro lado una similar, pero de esta nace una planta como un
grano en la frente.
Una es "pintoresca",
la otra señorial con sus puertas recién barnizadas, con sus ventanas
de forma exacta a la casona de al lado pero con sus vidrios trabajados,
hermosos. No hay ninguna rajadura, está pintada de color crema y resalta
sus relieves artísticos con un celeste opaco. Los balconcitos relucen
el negro brillante.
Las dos casas
están habitadas, una tiene un movimiento de entrada y salida constante,
la otra no. El patrullero aminora la velocidad, prejuzga y vigila
a una, a la otra no.
No hay ningún
indicio de posible comunicación entre las dos casas, salvo en las
entrañas de los cimientos donde se pasean las ratas, las únicas que
no hacen ningún tipo de distinción.
Patricio
Escobar