En San Telmo y sus alrededores
N° 95
DE ROMERIAS,
TAMBORES MORENOS Y UN UNICO BARRIO
Crueles, viscerales, alegres hasta la sangre que canta, pasionales,
amantes y nostálgicos. Así bailaron y cantaron los
ballet flamencos de Mirta Alonso (productora artística
del festival), La Paca, Anabella Ablanedo, los grupos
Aire Flamenco, Mar de Rumbas y El Acople, entre otros intensos
bailarines que hicieron la 2da. Romería Flamenca de San
Telmo, en Plaza Dorrego.

Entre soleares, tangos, bulerías y sevillanas, como salido
de una escena fellinezca, subió al escenario el Coro Canto
Alegre, que, con el maestro Sergio Siniscalco al frente, sobrino
de Alberto Castillo, y veinticinco personas de entre 30 y 80 años
personificados como en una verdadera España, comenzaron,
como quien respira, con una bellísima Bervena de
la Paloma. Y volaron los mantones, pues.
Le siguieron jotas y otras canciones y danzas tradicionales españolas,
a ritmo de castañuelas, señoras con irresistibles
abanicos y 2.000 personas que, desde el público, tarareaban
las canciones o, quizá sin querer, dejaban ir a dar una
vuelta algún que otro lagrimón.
De pronto era una plaza; y al encender las luces nos trasladamos
a otro lugar: no sé si era España, uno de sus patios
de baile y cante, una de sus festividades o, simplemente, un encuentro
con un rato de felicidad de cientos de personas que se dejaron
recorrer por una cultura bella y se descubrieron huérfanos
de no poder disfrutar, dice Pablo Ortiz, presidente de la
Asociación Amigos de Plaza Dorrego, organizador de la Romería
que se realiza desde hace dos años, gratis y al aire libre
en pleno Casco Histórico junto a Nomeolvides Producciones.

De allá y de acá
Cuentan que las romerías son una prolongación de
las fiestas religiosas españolas. Una de las más
famosas es la de Almonte, en la provincia de Huelva. Andaluces
y no andaluces van en peregrinación a las ermitas y santuarios
con coloridos trajes, en carretas y caballos. Las hermandades
llegan para pasar unos días rezando, bailando y cantando.
Sus mujeres, con faldas rocieras y cabezas cubiertas, cargan una
vara con flores silvestres y, como los hombres, calzan botas por
la dificultad del camino.
Allí se cantan las sevillanas rocieras y los fandangos.
Y el cante se acompaña con el Tambor del Rocío y
con flautas.
Las malas lenguas de los pueblos se ocupan de dividir
a los peregrinos entre los que van a hacer el camino
(los de las hermandades) y los pijos andaluces. Es
que esta fiesta también es mucho alcohol y pura juerga.
Hoy, en Sevilla, nadie discute que las tapas, la bebida y las
sevillanas son una parte de esta festividad.
Y Buenos Aires, ciudad que se hizo con indígenas luego
aniquilados o esclavizados, negros también esclavizados
y que lograron ser, hoy día, una de las culturas más
vivas de esta metrópoli, con idas y venidas de europeos
de varias tierras y mares, con panaderos anarquistas que llegaban
a hacer lucha, incluso, con los mismísimos nombres de lo
que fabricaban es, hoy, la ciudad que se entrega a eso que sabe
ser: una identidad torneada con decenas de identidades.
Así como los tambores negros suenan viscerales en nuestro
Casco Histórico desde hace 200 años por más
que se los quiera silenciar-, San Telmo se entregó al reencuentro
con una de sus tantas partes.
Y lo hizo así. Con la segunda Romería flamenca
al aire libre, en plaza Dorrego, organizada por la Asociación
Amigos de esa plaza con la producción de Nomeolvides.
Sucedió acá, en el barrio donde las rumbas se confunden
entre morenos y españoles. Sin que una cultura mate a la
otra, sin día de la raza que festejar.
Nora Palancio Zapiola